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XX Domingo del Tiempo Ordinario

Ciclo A

Homilía 20 de agosto de 2023


Is 56, 1. 6-7; Salm 66; Rom 11, 13-15. 29-32; Mt 15, 21-28


¡Qué grande es tu fe!


La inclusión y la exclusión son temas de suma importancia en las sociedades modernas y estos se ven reflejados en campañas y proyectos de instituciones gubernamentales, educativas, civiles y religiosas que se comprometen a rechazar toda actitud discriminatoria que niega oportunidades o cierra las puertas a personas vulnerables con problemas físicos, mentales o que simplemente son excluidos por su forma de pensamiento, religión, etnia y grupo social.

Son muchas personas que, movidas por un auténtico espíritu de fraternidad, luchan para que los derechos de los excluidos sean reconocidos y éstos sean integrados sin discriminación en la sociedad. Sin embargo, otros aprovechan estas situaciones sociales para autopromocionar sus instituciones con un fin aparentemente inclusivo. La diferencia radica en las intenciones de los primeros: ellos salen de sí mismo para conocer y comprender al otro, se compadecen de sus heridas y necesidades al mismo tiempo que reconocen la belleza de su interior.

Ahora bien, ¿cuántos de nosotros queremos realmente conocer a las otras personas? ¿somos capaces de comprender sus inquietudes, problemas o reconocer la belleza de su interior? ¿acaso hemos perdido la capacidad de asombrarnos de lo bueno que hay en las personas al grado de negar que pueden enseñarnos algo de la vida? o ¿solo nos hemos fijado es los defectos etiquetando o enfatizando las diferencias? Superar toda división, exclusión, rechazo o discriminación requiere una serie de actitudes y el evangelio nos lo propone hoy.

En primer lugar, es importante salir de sí mismo para encontrarnos con “los otros”. San Mateo narra que Jesús se dirige a los límites geográficos entre Jerusalén y la región de Tiro y Sidón, sin embargo, ¿qué haría un judío en tierra de paganos? Seguramente el Espíritu de Dios guia a Jesús para mostrarnos el interesante encuentro con una mujer que el autor sagrado describe como cananea con el fin de enfatizar su origen extranjero y, por lo tanto, la no pertenecía a la comunidad israelita.


El evangelista no da razones de la presencia de Jesús en aquel lugar pero nos cuenta que la mujer, movida por el amor a su hija, sale al paso de Jesús y expresa su necesidad con fe firme: ¡Señor, Hijo de David, ten compasión de mí! Inmediatamente sorprende a los presentes y sus palabras contrastan con los escribas y fariseos, quienes versículos atrás discutían con Jesús sobre lo que contamina al hombre, y con los discípulos, por su falta de visión. Por lo tanto, ¡esta mujer es ejemplo de fe!

Sin embargo, la actitud de Jesús no parece tan adecuada pues “no dijo ni una sola palabra”; ¿acaso el Señor sería un ejemplo de inclusión moderna con esta actitud? ¿no hemos sido testigos que en varias ocasiones cura rápida y compasivamente a quienes se lo piden? entonces, ¿por qué el Señor no la escuchó?

El evangelista no tiene la intención de ocultar la reacción de Jesús pues hemos [leído] escuchado junto con la mujer estas dos frases poco esperanzadoras a pesar de que insistía y se había postrado para adorarle: “Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel” y “no está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”. Parece que se le ha cerrado la oportunidad. Desde este punto de vista y para nuestras sociedades actuales, Jesús no sería un hombre inclusivo religiosamente hablando, pero en realidad sucede todo lo contrario, no solo se deja encontrar, sino que también se deja enriquecer por la belleza interior de su fe.

Por consiguiente, Jesús se deja enriquecer por medio de la confrontación pues la mujer cananea insiste: “también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”; una respuesta de fe insistente que no desfallece ante las dificultades. En efecto, Jesús expande su horizonte y va comprendiendo que la misión del Reino de Dios es universal; si bien era urgente anunciarlo al pueblo elegido no podía ser exclusivo sino que la Buena Noticia es para todos.

La primera lectura tomada del profeta Isaías nos dice la profecía que anuncia la salvación de Dios a todos los pueblos: “conduciré a los extranjeros a mi monte santo”,[…] “velen por los derechos de los demás, practiquen la justicia, porque mi salvación está a punto de llegar y mi justicia a punto de manifestarse”. Ya desde el antiguo testamento, el pueblo de Israel va tomando consciencia de su elección con el fin de conducir a las naciones hacia el monte santo para que “todos los pueblos alaben al Señor” como canta el salmista. Pero Jesús irá revelando la paternidad universal de Dios e irá confirmando la fe de aquellos extranjeros, los que son diferentes o quienes eran excluidos por el pueblo que no comprendía este mensaje universal. Por esta razón, Jesús halaga la fe de la mujer extranjera: ¡qué grande es tu fe! porque la fe no conoce fronteras, raza, lengua, cultura ni condición social; la fe de esta mujer brota de la pureza de su corazón.

La mujer cananea encarna aquellos que tienen una fe o forma de pensar distinta a la de nosotros. Dentro de nuestras comunidades católicas, ella representa a las personas sencillas o “los santos de las esquinas” -como dice el Papa Francisco- que son modelo de fe incluso para muchos miembros que se consideran parte de la oficialidad de la Iglesia. Los discípulos representan esa oficialidad que no logran ver a Jesús como lo ve la mujer cananea, no perciben la belleza de su fe, la miran con superficialidad y hasta quieren deshacerse pronto de ella: “atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros”; finalmente representa al excluido, el otro, al distinto a mí.

El Señor nos invita a salir de sí mismos para dejarnos encontrar y enriquecer por la belleza de la fe de los que son diferentes a nosotros, permitiendo confrontar nuestra fe o formas de pensar ya que muchas veces Dios nos habla en ellos. Se nos invita a reconocernos como hermanos auténticos e hijos de un mismo Padre, misión que Jesús llevará a plenitud después de su muerte y resurrección y tomará impulso con el mandato misionero al final del evangelio: “vayan y hagan que todos sean mis discípulos”. También es la misión de la iglesia universal que, bajo la inspiración y guía del Espíritu, insiste en “caminar juntos”, siendo una iglesia de puertas abiertas en la que “entramos todos” como recordaba el Papa Francisco en la JMJ Lisboa 2023 porque la fe nos incluye, hermana y hace hijos de un mismo Dios.

Pidamos al Señor que también nos diga ¡qué bella es tu fe!, ¡qué grande es tu fe! y nosotros nos dejemos asombrar por la fe de nuestros hermanos.

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2 Comments

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Guest
Aug 20, 2023
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En ocasiones nos podemos sorprendernos de los testimonios de fe, donde menos lo imaginamos, y vidas, que nos ayudan a fortalecer la nuestra, con sus actos, con su forma de pensar, apreciar y vivir está oportunidad terrenal de transitar, no solo como un paso, sino dejando una huella que impacta de formas inimaginables en los demás, desde una palabra, frase, o conversación, que deja sembrada una inquietud para continuar adelante, creciendo como ser humano, como cristiano, como hijo e hija del Rey de reyes.

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Guest
Aug 20, 2023
Rated 5 out of 5 stars.

Muy bonita reflexión. Gracias. Dios quiere que lo encontremos en la diferencia, en lo que nos es extraño.

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